Esta entrada nace de una experiencia reciente que viví al intentar instalar Linux en el computador de un primo. Lo que debía ser una instalación dual sin mayor complicación, terminó convirtiéndose en un recordatorio brutal de cuánto control cede uno al usar Windows. BitLocker bloqueó todo acceso al disco, y sin la cuenta de Microsoft activa, estábamos prácticamente secuestrados. Esta experiencia no solo reafirmó mi decisión de no volver a usar Windows, también me recordó por qué la última vez que lo dejé fue por un ataque de virus: una mezcla de inseguridad técnica y filosófica. Lo que quiero compartir aquí no es una apología técnica a Linux, sino una reflexión sobre la libertad, la privacidad y la verdadera propiedad sobre nuestros dispositivos.