Ozkar
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Síndrome del impostor: entre Frameworks y LLMs

Hablando el otro día con una amiga sobre tecnología y desarrollo, me descubrí luchando contra una incomodidad ya conocida: la frustración de sentirme dependiente de la inteligencia artificial y el fantasma del síndrome del impostor rondándome la cabeza.

Para intentar entender esa sensación, suelo recurrir a las comparaciones técnicas. Me digo a mí mismo que no me atormento por usar Node.js en lugar de escribir mi propio event loop, gestionar la asincronía a bajo nivel o implementar HTTP y SSL a pedal y mano. Podría hacerlo, claro, pero me tomaría meses y tendría que ponerme a estudiar temas muy específicos que hoy en día ya están resueltos. Con la IA me pasa algo similar: no saber exactamente en el segundo cero cómo generó un bloque de código no significa que yo no sea capaz de resolverlo; significa simplemente que me ahorro horas de estudio sobre un detalle puntual. Alguna vez pasé código de ensamblador a binario a mano, pero hoy no traduzco binario para demostrar que sé programar. La IA, en el fondo, opera como un nivel más de abstracción.

Sin embargo, la teoría no siempre calma la mente ansiosa.

En mis proyectos personales intento marcar una línea. Me propongo codificar a mano, mantener el hábito, entrenar la mente y conservar la fuerza muscular de la lógica pura. Pero el contraste se vuelve duro rápido: escribir cada línea sin asistencia empieza a sentirse lento, pesado, casi anacrónico. Surge entonces un conflicto con mi propia ambición: por un lado, el deseo de mantener el cerebro en forma y entender los detalles de cómo se hacen las cosas; por el otro, la certeza de que con IA podría llegar más lejos, construir más rápido y materializar más ideas. Programar a mano cuando sé que existe una herramienta que acelera el proceso empieza a sentirse, inevitablemente, como perder el tiempo.

Lo curioso es que, al dejar ir parte de esa ejecución repetitiva, el flujo de trabajo muta hacia algo que disfruto más. Mi rol se desplaza espontáneamente: dedico menos energía a pelear con la sintaxis o los algoritmos inmediatos y mucho más espacio a la arquitectura, al diseño del sistema y a la experiencia de usuario. La IA se encarga del picado de piedra mientras yo me concentro en la estructura general.

Y luego llega la frustración de pelear con sus alucinaciones, de tratar de que entienda la idea o de recuperar los datos que borró sin autorización... pero de eso ya he hablado mucho en otras entradas.

Al final, no sé si esta comparación entre la IA y un framework es solo una justificación tramposa que me invento para acallar al síndrome del impostor. Pero al menos me sirve para ordenar la cabeza, entender en qué capa decido estar parado ante mis propios proyectos y aceptar que la ambición de crear también requiere replantearse qué significa realmente "hacer" el trabajo.