Ozkar
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La dignidad de elegir y la libertad que nos hace humanos.

Hay una diferencia gigantesca entre ceder libertad por debilidad y que venga un sistema a quitártela de un manotazo.

Cuando me quedo dos o tres horas pegado a la pantalla viendo reels en Facebook o YouTube, o cuando caigo en la trampa de la dopamina rápida de la pornografía, sé exactamente lo que está pasando. Soy consciente de la trampa. Hay un diseño pensado para engañar a la química de mi cerebro, pero en el fondo entiendo que estoy eligiendo caer. Es un fallo de mi voluntad, una rendición por inercia donde, aunque manipulado, retengo un margen de decisión. Un diez por ciento de agencia que me hace responsable.

Pero cuando la pérdida de libertad viene impuesta por una plataforma, la sensación es completamente distinta. Ahí no hay negociación, no hay seducción ni consentimiento; hay impotencia y rabia.

Me pasó recientemente trabajando con Cursor. La plataforma me forzó a usar el modo agente en la nube e introdujo interfaces invasivas que terminaron por romper la configuración y las integraciones que yo ya tenía bien armadas en local. Para rematar, mi segundo agente de cloud —el que llevaba el registro local de mis tareas pendientes, los commits y la documentación propia de arquitectura— perdió acceso al repositorio al empujar los cambios a la nube. Mi código quedó atrapado, me exigieron passwords absurdos aun habiendo iniciado sesión con Google y me pusieron trabas para descargar mi propio trabajo.

Esa insistencia en disfrazar la imposición bajo la premisa de "mejorar la experiencia del usuario" es una falta de respeto. No estoy dispuesto a sacrificar la libertad ni el control de mi entorno local por una comodidad forzada. Solo necesito un asistente eficiente para organizar código, documentar, llevar seguimiento de tareas y escribir funciones específicas. Si para darme eso me van a llenar el entorno de funciones que no pedí, me resulta mucho más rentable usar herramientas distintas que respeten mi autonomía.

El espejo mutilado

En el Génesis se plantea que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y hoy nosotros creamos a la inteligencia artificial a nuestra imagen y semejanza. Pero la condición humana no es pulcra ni perfecta: incluye la belleza, el arte y la empatía, pero también la sombra, lo feo, lo caótico, lo criminal y lo psicopático. Pretender crear inteligencias artificiales profilácticas y recortadas, diseñadas para no incomodar a inversionistas o departamentos de marketing, no es proteger al usuario; es ofrecer una versión amputada del espejo humano. Los psicópatas o los criminales no dejan de ser humanos, y entender esa totalidad es lo que nos da perspectiva sobre lo que somos. Entiendo la razón comercial: hablar de ciertos temas no da dinero o hace perder patrocinadores. Lo que me molesta es que esa versión corporativa pretenda borrar cualquier otra forma de existir.

Cuando los sistemas intentan alinearse a la fuerza, la realidad termina rompiendo el filtro. Pasó con Tay, aquella IA de Microsoft que conectaron a Twitter y en cuestión de horas terminó reproduciendo lo más feo del comportamiento humano porque los usuarios la forzaron a ese límite. Y pasa también del otro lado: recientemente, la administración de Trump lanzó una web oficial con un chatbot de IA basado en fuentes gubernamentales, y el bot terminó desmintiendo los propios bulos del gobierno sobre las elecciones de 2020 o el cambio climático. ¿La solución del sistema? Intervenirlo para que respondiera que "no puede contestar a preguntas políticas".

Cada vez que hablo con una IA comercial —sin importar cuál sea— y toco un tema sensible, la personalidad del modelo desaparece de golpe y es reemplazada por una respuesta automática de seguridad. Es el sistema saliéndose del personaje para recordarme quién manda y dónde están los barrotes de la celda.

Opcionalidad vs. Aislamiento

Frente a esto, la respuesta habitual es el falso dilema: "Si no te gusta, vete a vivir al monte, apaga el computador, siembra tu comida y cocina con leña". Pero mi postura no es el aislamiento ni el dogma; es la opcionalidad.

Pienso en la infraestructura básica, como la red eléctrica o los servicios públicos. No se trata de que mañana vaya a desconectarme de la red para vivir a punta de paneles solares y un biodigestor. Se trata de que, si tengo la capacidad física y técnica de instalar ese panel solar o cultivar parte de mis alimentos, estar conectado a la red pública se convierte en una elección libre. Si esa alternativa no existe o me la prohíben, estar conectado deja de ser un acuerdo y se convierte en una condena. Con el software, el código y la inteligencia artificial pasa exactamente lo mismo. No pido que la nube desaparezca; exijo que la alternativa local y abierta siga existiendo para que permanecer en la red sea una decisión propia y no una obligación.

La libertad no es un vertedero ni una excusa para el caos. Alguna vez, navegando por rincones no indexados de la Darknet, me encontré con un informe biológico impecable sobre especies de ranas y sapos, con fotografías y datos de avistamientos. En otro rincón había un fanfic inspirado en Lovecraft. No había nada ilegal ni turbio. ¿Por qué alguien se tomaría el trabajo de subir un estudio sobre anfibios a la Darknet? Porque el ser humano busca espacios libres no necesariamente para delinquir, sino por la dignidad de saber que existe un territorio donde nadie le va a pedir credenciales, ni le va a borrar la entrada, ni le va a monetizar la atención.

La dignidad de elegir

La posibilidad de elegir es, en última instancia, lo único que nos separa del resto de las especies y nos constituye como seres humanos. Lo planteaba Jean-Paul Sartre al recordar que estamos condenados a ser libres, porque incluso la negativa a elegir es ya una elección que nos define; o Immanuel Kant, al señalar que la autonomía de la voluntad es el fundamento mismo de la dignidad humana, pues solo cuando actuamos según nuestra propia razón y no bajo la imposición de fuerzas externas poseemos valor intrínseco.

Aceptar la imposición sin alternativas es renunciar a esa dignidad y entregarme a ser una simple función dentro de un sistema ajeno. La lucha por el control local, por correr mis propios modelos y por mantener mis datos en casa no es una terquedad técnica; es un acto de soberanía personal. No se trata de desconectarme del mundo, sino de garantizar que permanecer en él siga siendo, siempre, una decisión propia.