Un día regular, como tantos más
Un día que fue un éxito… y aún así pesa
Hoy fue uno de esos días que no sé bien cómo clasificar. No fue malo, pero tampoco bueno. “Normal” suena demasiado optimista, así que digamos regular. Y regular es, tristemente, a lo que ya estoy acostumbrado.
El día empezó como casi siempre: hacer algo de trabajo solo por hacer algo, para sentir que no estoy completamente detenido. El carro de mi socio estaba en el taller, así que no pudimos conectarnos a la reunión diaria. Y por feo que suene, eso se sintió como un alivio. No tener que enfrentar una interacción social fue un pequeño regalo.
Más tarde tocaba reunir energías para ir a Santa Rosa, a una reunión importante. Se me hizo tarde, me arreglé a medias (menos mal me había bañado ayer), y salí bajo un aguacero absurdo. Los pies empapados, la cabeza en mil cosas. Bajé hasta el centro de Pereira porque no sabía por dónde pasaba la buseta. Le escribí al ingeniero con el que me iba a reunir, explicándole el retraso. No hubo problema, me esperó.
La reunión duró unos cuarenta minutos, pero la tarde entera se nos fue hablando. Chismes, ideas, risas. Nos caímos muy bien. Yo había llegado con la expectativa, tal vez ingenua, de trabajar con él como empleado. Un salario. Estabilidad. Algo claro.
Él, en cambio, vio una oportunidad de negocio: una alianza estratégica, construir algo grande, brillante, “hacernos ricos”. No era lo que estaba buscando, pero igual lo recibí bien. El martes volveré, esta vez con mi socio, a hablar ya de empresarios a empresarios.
Objetivamente, la reunión fue un éxito.
Y sin embargo…
Salí de ahí removido. Porque durante la conversación pasó algo que no me esperaba: me sentí bien hablando de mí. De mi empresa, de los proyectos que hemos hecho, de lo que hemos construido, de mis logros. Mostré productos reales, cosas que existen, cosas que funcionan. Y por un momento me sentí fuerte, poderoso, capaz.
Y entonces recordé lo humillante que ha sido para mí buscar empleo.
Las entrevistas me aplastan. Siento que no sé venderme, que no encajo en ese ritual. Me reduce, me desgasta. Pensar en tener que volver a pasar por eso me genera un rechazo profundo. Pero al mismo tiempo necesito dinero. Para vivir. Para comer. Para no estar contando cada gasto como si fuera un día menos de vida.
Ese pensamiento volvió cuando me comí un chorizo santarrosano. La cabeza haciendo cuentas automáticas, crueles: “si no te gastaras esto, podrías sobrevivir un día más”. Es exactamente ese tipo de pensamiento el que quiero evitar, y aun así aparece.
Y ahí entra el dilema.
Las ideas que me propusieron son buenas. Son cosas que yo sé hacer. Podría construir un producto vendible en un par de semanas si estuviera a full, usando todas mis capacidades. Pero no lo estoy. No tengo la energía sostenida. No tengo estabilidad mental. Y para tener terapia, para ver a un psiquiatra, para medicarme si hiciera falta, necesito dinero.
No tengo EPS. No tengo ingresos fijos.
Y para tener ingresos, necesito trabajar.
Pero trabajar en estos proyectos implica hacerlo sin cobrar hasta que exista algo vendible, y lo vendamos.
Es una dicotomía agotadora.
Por momentos me subo al hype: mañana madrugo, mañana arranco. Y al mismo tiempo sé que mañana probablemente no madrugaré, que no tendré la fuerza ni la claridad necesarias. Esa anticipación me genera ansiedad, estrés, una sensación de querer salir corriendo, esconderme debajo de una piedra y dejar que el mundo siga sin mí.
Me siento pequeño, blando, impotente frente a algo demasiado grande.
Y aun así, pasó otra cosa.
Cuando mostré el proyecto que hicimos, algo que para mí fue “una cosita”, la reacción fue de asombro real. De sorpresa genuina.
“¿Ustedes hicieron eso?”
Ahí fue imposible no pensar: sí, tenemos algo. Un producto interesante. Con fallas, con problemas, con cosas por arreglar. Pero algo que existe, algo que tiene valor, algo por lo que quizá valga la pena luchar.
Y eso vuelve a abrir la herida del no saber. Ir y venir. Tirar y aflojar. ¿Empleado? ¿Empresario? ¿Supervivencia o apuesta? ¿Corto plazo o algo que podría crecer?
No tengo la respuesta.
Por ahora solo quiero llegar a casa, sentarme a jugar videojuegos y olvidarme de que el mundo existe, al menos por un rato. No como huida definitiva, sino como una pausa. Un descanso pequeño para alguien que hoy, aunque hizo lo que pudo, terminó cansado de pensar.