Reflexiones sobre la Verdad
La verdad es un problema filosófico complejo que desborda mis conocimientos técnicos; sin embargo, desde una postura intuitiva y quizá ingenua, intento definir este concepto a partir de mi experiencia cotidiana, sin ánimo de rigor académico y con las herramientas que tengo a mano. En mis discusiones habituales sobre lo que es una verdad a medias, y tratando de ser objetivo, concluyo que una verdad a medias no es más que una mentira. Pero para sostener esto, me veo obligado a definir primero qué es una mentira.
A mi juicio, si la otra persona no entiende lo que digo de una forma acorde con la realidad, eso ya constituye una mentira. No hablo de un malentendido involuntario, sino de aquel que se produce cuando el emisor, pudiendo hacer algo para evitarlo, no lo hace. Por lo tanto, creo que recae en mí la responsabilidad de asegurarme, en la medida de lo posible, de que el otro reciba y comprenda el mensaje correctamente. Debo evitar decir las cosas de forma intencionada para confundir y procurar que el mensaje sea completo. Si transmito algo falso, esa completitud en el mensaje solo se lograría si el otro se da cuenta de que le estoy mintiendo y entiende con claridad dónde está la mentira y cuál es la verdad.
Antes de avanzar, me detengo a pensar en las verdades mismas. Para simplificarlo y no perderme en una infinidad de categorías, las divido en objetivas y subjetivas. Llamo verdades objetivas a aquellas que puedo medir y contrastar con un marco de referencia. Así, cuando afirmo "está haciendo calor", lo justifico señalando que la temperatura es de 32 grados centígrados y esta cifra entra en un rango establecido (por encima de 25 es caliente). La sensación de calor es subjetiva; lo objetivo es el dato que la respalda. Lo mismo me ocurre al decir "tengo fiebre": el termómetro marca 39 grados y, según los parámetros establecidos, esa es una temperatura alta. Esos son datos numéricos y objetivos.
En cambio, defino la verdad subjetiva como todo aquello que depende de mi mundo interno y que no puedo demostrar directamente: "yo siento", "yo pienso", "yo vi que ocurrió". Ahora bien, noto que una verdad subjetiva puede volverse objetiva si aporto los datos que la respaldan. Decir "yo vi que él inició la pelea" es subjetivo; pero si presento un video con fecha, hora y lugar, grabaciones de audio verificables y pruebas no manipuladas, entonces, con esos datos confiables, me acerco al campo de la verdad objetiva.
Obviamente, sé que muchas veces no tengo verdades objetivas a la mano y debo conformarme con verdades subjetivas ("yo escuché", "me parece que") y aceptar el consenso de la mayoría como verdad. De hecho, si me pongo estricto, las verdades absolutas no existen, ni siquiera las objetivas, porque siempre dependen de la escala, de instrumentos que pueden fallar y de interpretaciones humanas. Por eso la línea es borrosa; pero para efectos prácticos y poder entendernos, establezco estas reglas.
Volviendo a las verdades a medias, insisto en que una verdad a medias es una mentira, pues quien la escucha termina interpretando datos que no corresponden a la realidad. Sé que no puedo tener la certeza absoluta de lo que pasa en la cabeza del otro, pero al menos intento darle todas las herramientas posibles para que acceda a la verdad. Si no lo hago, siento que estoy mintiendo.
Ahora, no siempre digo la verdad, y es importante definir que cuando decido mentir, considero crucial ser consciente de ello. Puedo usar hechos y verdades objetivas para contar una mentira si mi intención es que el otro entienda mal. Aquí recuerdo lo que plantea Kant sobre el deber inquebrantable de no mentir, ya que la comunicación es intrínseca a nuestra humanidad. Y entra el clásico dilema: ¿qué pasa si un asesino me pregunta dónde está mi amigo?
Frente a ese dilema, creo que debo mentirle para preservar la vida de mi amigo. No obstante, debo ser plenamente consciente de que estoy realizando una acción intrínsecamente mala (porque mentir lo es) para un fin que considero bueno. Ocurre lo mismo si mato a un villano para evitar que destruya una ciudad: salvo a mucha gente, pero el fin no me hace menos asesino. Digo una mentira piadosa, pero sigo siendo cien por ciento mentiroso. Que mi mentira esté justificada depende del contexto, pero eso no cambia su naturaleza. Lo verdaderamente importante, a mi modo de ver, es que yo sea consciente de por qué lo hago; la discusión de si está o no justificado entra en el terreno ético y moral (y no lo abordaré, al menos no por ahora).
Pero volviendo al punto central: ¿qué es la verdad? ¿Qué pasa si yo estoy convencido de que digo la verdad, hago todo lo posible por transmitirla adecuadamente, pero en realidad ese mensaje es falso porque he sido engañado? Si vivo en una mentira, ¿es mi culpa transmitirla? ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad?
Al final, creo que el punto clave es la intención. El problema es que la intención es algo difícil de verificar e inmedible, que únicamente cada persona conoce en su interior. En ese punto dejamos la objetividad atrás. Y tratar de definir de forma objetiva qué es la verdad se convierte, al menos hasta donde alcanzo a razonarlo, en un tema demasiado complejo para abordarlo. Y quizá esa sea, al final, la única conclusión honesta: la verdad es un problema que se resiste a las definiciones cerradas, pero que no por eso deja de exigirnos responsabilidad al hablar.