Ozkar
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Prefiero la incertidumbre a la servidumbre

Hoy tuve que hacer un trámite pensional sencillo. La Sede Electrónica de Colpensiones me exigió iniciar sesión. Al intentar entrar, el sistema me dijo que no tenía cuenta. Cuando intenté crearla, me rebotó diciendo que mi cédula ya estaba registrada y que debía recuperar la contraseña. Al ir a la opción de recuperación, me arrojó que el usuario con mi cédula no existe. Intenté poner una PQR reportando el fallo, pero resulta que para poder reportarlo también debía iniciar sesión.

Intenté escalar el problema enviando un correo con las pruebas técnicas a la cuenta oficial de la entidad, solo para recibir una respuesta automática instantánea que rechazaba el mensaje, diciendo que ese buzón no atiende peticiones ciudadanas y redirigiéndome de nuevo a la misma página web en la que me es imposible entrar. Cuando busqué radicar la queja ante la Procuraduría para reportar todo esto, su propia página web estaba caída con un error de servidor.

Y ni siquiera se puede buscar la opción presencial. Cuando uno intenta ir físicamente a las oficinas para resolver el problema como seres humanos, la respuesta es la misma: que hay que solicitar la cita por la web o por teléfono. Es decir, lo mandan a uno a pelear con bots automatizados hechos de forma mediocre, a marcar a líneas saturadas con musiquita de fondo y a lidiar con plataformas caídas. Dos horas de vida tiradas a la basura, que se suman a días enteros perdidos en el pasado. Y sé perfectamente que no es un fallo puntual de hoy; es la experiencia cotidiana de pelear contra un sistema diseñado para desgastarnos y hacernos rendir.

Para mí esta fricción constante no es solo un tema de software mediocre o de licitaciones mal hechas. Siento que es el síntoma de un modelo que me obliga a pertenecer, sin darme opción de elegir ni decidir hacer las cosas diferentes, bajo la excusa de un "contrato social" donde se supone que el Estado me brinda seguridad a cambio de ser parte del sistema. Pero a la hora de la verdad, no cumple nada.

A mí siempre me han vendido la obligación de cotizar, tributar y aguantarme esta maraña burocrática bajo la promesa de la "seguridad social", de que el día de mañana me van a respaldar en la vejez o en una enfermedad. Pero mi realidad me muestra otra cosa. Veo a mi papá en su vejez, atrapado en un gris administrativo sin poderse pensionar después de haber cotizado toda su vida. A mi mamá que lleva 2 años atrapada en una demanda tratando de acceder a su derecho a pensionarse. O me acuerdo de cuando pagaba salud privada e igual me tocaba eperar meses por un procedimiento, medicamentos vitales "agotados" y tener que recurrir al mercado negro para no poner en riesgo la vida de mis seres queridos.

Llevo dos años trabajando desde la informalidad, y no porque no me quiera formalizar, sino porque el mismo sistema no me deja. A duras penas sobrevivo, pero aunque estuviera dispuesto a entregarle el 30% de mis ya escasos ingresos a este esquema, la gestión y las trabas que ponen son tantas y tan abrumadoras que prefiero seguir siendo informal. Lo único que me devuelven a cambio es ineficiencia: páginas caídas, bots hechos a la maldita sea, contestadoras automáticas y perder horas de mi vida para nada.

Lo que más piedra me da es que mientras a mí me asfixian con requisitos para intentar hacer las cosas bien, los que viven al margen de la ley operan con una agilidad y una impunidad absurdas. Vivimos en un sistema adaptado para beneficiar al criminal. Estoy seguro de que los guerrilleros que han desplazado a tantos campesinos y tienen hectáreas de tierra bajo su dominio no están registrados ante el Instituto Agustín Codazzi ni pagan el impuesto predial, que el sicario que anda en una moto robada no tiene RUNT ni tarjeta de propiedad, y que los narcotraficantes con miles de millones no están preocupados por un reporte en Datacrédito. Cumplir la ley en este país se siente como una desventaja violenta.

Por eso, para mí la idea de "desconectarse" o seguir en la informalidad no es una pataleta ni un impulso irreflexivo. Es una cuenta sencilla. Sé que el riesgo de estar fuera es la falta de seguridad, el miedo a enfermarme, a sufrir un accidente o a no tener recursos para pagarlo. Pero antes de que los Estados existieran, esas cosas también existían. Si me enfermo y no tengo cómo pagarlo, o si me da un cáncer o me ocurre un accidente, pues me muero y ya, selección natural. Prefiero eso antes que vivir en una servidumbre donde me quitan mi autonomía a cambio de la ilusión de un sistema roto que cuando se necesita, no responde.

No tengo la opción de cambiar las reglas del juego sin quedar expuesto a la indigencia, pero sí tengo la opción de no regalarle más mi energía, mi tiempo y mi tranquilidad a una maquinaria que no funciona. Entre la falsa promesa de protección estatal y mi propia autonomía, me quedo con mi autonomía.