Prefiero estar solo
Últimamente hay frases que se repiten en mi cabeza como un eco cansado: eventualmente podré, eventualmente sucederá, eventualmente nos encontraremos. Cada vez que las escucho en mi mente, siento una mezcla amarga de esperanza y resignación. A veces son las ocupaciones, otras veces compromisos que me quitan tiempo... pero la verdad desnuda es que no tengo energía. No tengo la fuerza para interactuar con las personas, incluso cuando quiero.
Y es difícil explicarlo. A veces siento que la depresión suena como un pretexto barato, como una excusa que se ha desgastado con el tiempo. Pero no lo es. Estoy en un punto donde querer no es suficiente. Donde la voluntad no alcanza. Donde hacer lo mínimo se vuelve una montaña. Y a menos de que alguien haya vivido esta misma sensación, ese vacío en el cuerpo y en la mente, no puede entender lo que es realmente no poder hacer algo.
La respuesta típica que me doy es: “Si quieres que algo pase, haces que pase.” Y esa frase, que suena tan motivadora desde afuera, se convierte en una sentencia para mí. Porque si no puedo, entonces eso implica que no quiero. Y si no quiero, entonces siento que no me importan las personas. Y si no me importan, automáticamente me cuestiona el cariño, el valor de la amistad, de la relación que tengo con esa persona.
Y ahí aparece la culpa: pesada, insistente, cruel. Crecí sintiendo que debía responder a las expectativas de los demás, agradar, encajar, ser querido para justificar mi existencia. Esa herencia emocional —esa necesidad de validación— hace que cada vez que fallo, me hunda un poco más.
No se trata solo de lidiar con la depresión; es lidiar también con todas las emociones que se le pegan como lodo: culpa, vergüenza, miedo a decepcionar, miedo a que me abandonen. Todo eso suma peso. Todo eso me hace más difícil relacionarme con la gente.
Y entonces llegan los consejos: “Sal más”, “socializa”, “eso te ayuda”.
Pero, ¿cómo le explico a alguien que eso, que para ellos es tan sencillo, para mí es una carga? Que cuando me dicen que debo salir para “mejorar”, nuevamente colocan el peso sobre mis hombros. Y si no puedo hacerlo... vuelvo al ciclo de sentir que soy yo el problema, que soy así por mi culpa, que me lo busqué, que soy una basura por no esforzarme lo suficiente, que es mi culpa estar mal, que no merezco nada.
Sé que suena oscuro, pero estos pensamientos pasan. No siempre, no todo el tiempo. Hay días en los que estoy más estable, más claro, más yo. Días en los que puedo salir, compartir, reír, ser parte del mundo sin miedo. Y esos momentos me sostienen.
Pero cuando no puedo, necesito que no me cuestionen. Que no interpreten mi silencio como indiferencia. Que no lo tomen personal. Que aprovechen los días buenos y me dejen en paz en los días malos.
Me doy cuenta de que es mucho pedir. Siento que no merezco paciencia ni compasión, y ese pensamiento también me hiere. Pero si nos guiáramos por “méritos”, entonces nadie merecería nada realmente. Como dijo Qoelet, mas vale haber sido abortado, y ni siquiera haber tenido un nombre (Qo 6,3s). Y no lo digo como deseo, sino como una forma de describir el cansancio profundo, la sensación de estar rompiéndome en silencio.
Escribo esto como un intento de dar voz a lo que normalmente hundo en el silencio. Un grito de auxilio disfrazado de reflexión. Quizás alguien que pase por lo mismo se sienta menos solo. Quizás quienes me rodean lo lean y entiendan un poco más. No para cargar con mi dolor, sino para no interpretarlo como desamor.
Porque a la final nadie está obligado a sostenerme. Y si se vuelve demasiado pedir, demasiada carga, demasiado cansancio... entonces sí, prefiero estar solo. No porque no quiera a la gente, sino porque a veces no puedo ni siquiera conmigo mismo.