Ozkar
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Identidad perdida

No sé quién soy. He pasado tanto tiempo usando máscaras que me cuesta reconocerme cuando no estoy tratando de agradar a alguien. Siempre he intentado ser lo que los demás esperan de mí, acomodarme, encajar, no incomodar. Y ahora no sé qué hay debajo de todo eso. No sé si queda algo auténtico. Siento que he vivido moldeando una personalidad que se adapte a los demás, pero no a mí. Y esa sensación me está destruyendo por dentro.

Me duele vivir en casa de mis padres. No porque no los quiera, sino porque siento que tengo que ocultarme. Trato de reconstruir la relación con ellos, pero a veces me pregunto si vale la pena hacerlo desde una posición donde no puedo ser yo. En la finca me siento conectado, tranquilo, como si estuviera más cerca de un sueño que he tenido por años. Pero estar ahí también implica estar bajo su mirada, su juicio. Y eso me pesa. No sé si alejarme es huir, o si es cuidarme. Pero quedarme me agota. Estar bien no debería sentirse como una obligación, y sin embargo, es justo así como se siente. Me obligo a no matarme. Me obligo a resistir.

Quiero que me permitan estar mal. Que dejen de esperar que esté bien. Que no me digan "todo va a mejorar" como si fuera una fórmula mágica. Quiero poder decir "no estoy bien" y que eso sea suficiente. Sin explicaciones. Sin justificaciones. Sin que alguien trate de arreglarme. No quiero esperanza, quiero dignidad. Quiero saber que incluso cuando estoy mal, no estoy roto. Que no soy menos humano por sentirme así. Que tener días oscuros no me hace fallido.

He escrito mucho. Palabras que he intentado compartir. Pero siento que nadie tiene tiempo para leerlas. Que a nadie le importa realmente. Que tengo que comprar el cariño de los demás siendo lo que esperan de mí, haciendo favores, siendo útil, siendo gracioso, siendo comprensivo. Y cuando no puedo ser eso, cuando sólo soy dolor y rabia, me siento desechado. Como si mi tristeza fuera una molestia que los demás no quieren cargar.

Y a veces, lo que tengo para decir es hiriente. Son palabras cargadas de resentimiento, de años de sentirme juzgado, excluido, forzado a encajar en moldes que no son míos. ¿Qué hago con todo eso? ¿Dónde dejo ese odio, esa frustración, si cada vez que lo expreso siento que lastimo a quienes quiero? ¿Cómo canalizo tanto dolor sin convertirlo en daño?

Siento que tengo que luchar por mi derecho a existir. Pero cuando digo que quiero morirme, la gente se escandaliza. Me sueltan frases bonitas, vacías, sin entender que lo que estoy diciendo es que vivir así duele. Que duele más cuando me dicen que la vida es hermosa, mientras hacen de ella una carga insoportable. ¿Por qué obligar a vivir? ¿Por qué no permitir que el dolor también tenga un lugar legítimo? Si no me van a dejar morir, ¿por qué tampoco me dejan existir en paz?

Y entonces me refugio en lo único que me da un poco de alivio: los videojuegos. No arreglan nada, lo sé. No solucionan el fondo de todo esto. Pero por unos momentos, dejan de doler las preguntas. Por unos momentos dejo de pensar. ¿Por qué también me quieren quitar eso? ¿Por qué tengo que justificar hasta mi manera de calmar el dolor?

No quiero ser. Quiero dejar de ser. Quiero una vida sin exigencias. Pero incluso el simple hecho de vivir ya se siente como una exigencia. Como una obligación. Como un deber. Y no quiero deberle nada a nadie. Si no me van a dejar morir, al menos déjenme vivir sin más presiones. Sin tener que ser un buen hijo, sin tener que ser productivo, sin tener que fingir que estoy bien.

No estoy roto por sentirme roto. Y eso debería ser suficiente para seguir aquí, al menos por hoy.