Ozkar
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Fracasar no es una tragedia.

Desde siempre he tenido este impulso de arreglarlo todo, de hacerlo “bien”. Y no bien para los demas; bien para mí. Lo más cercano a la perfección que mi cabeza ansiosa pueda concebir, muchas veces esa forma de perfeccion no coincide con la vision de los demas, pero es lo que a mis ojos se siente natural. A veces empieza con algo pequeño, como cambiar una herramienta por otra, usar vi en lugar de nano, cambiar el teclado de QWERTY a DVORAKK; otras, con ideas delirantes como reinventar la numeración, crear mi propia forma de medir el tiempo o escribir mi propio sistema operativo. Pero la lógica es la misma: reducir el ruido, hacer que las cosas tengan sentido, evitar la arbitrariedad que me irrita profundamente el alma y me carcome la mente.

Desde afuera puede sonar como manía, quizas lo sea, pero por dentro se siente más profundo: es la necesidad de que el mundo no me trague. Que no me confunda. Que no me diga quién tengo que ser. Cuando tengo un sistema que yo moldeé, donde cada parte está ahí porque yo quise, y siento que finalmente tengo el control. Siento paz, libertad. Es construir un refugio para mi mente.

Pero al mismo tiempo, surge una sombra que arruina la experiencia... y es el miedo al compromiso.

Todos estos cambios requieren esfuerzo, aprendizaje, tiempo, intentos continuos, progresar sin ver avances, estar dedicado, y eso me espanta.

creo que ese mismo miedo se manifiesta en las relaciones, los proyectos grandes, y cualquier cosa que prometa durar. Me aterra la idea de embarcarme en algo que defina mi vida. Me aterra pensar que si empiezo algo serio, ya no podré huir, que el exito o fracaso de esa empresa definende de cierto modo mi propio valor. Y por esto huyo, y mucho. Me enamoro de mis propias ideas y luego las abandono en un cajón porque de pronto se vuelven demasiado reales, demasiado grandes, demasiado “para siempre”.

Lo curioso es que los proyectos secundarios, esos que no presionan, esos que no significan nada... avanzan. Y avanzan un montón. No me paralizan. No me exigen demostrar nada. No cargan con esa sombra de “esto podría fallar y eso diría algo horrible sobre mi”.

A veces pienso que no es que me falte disciplina; es que me sobra miedo.

Una mezcla extraña de:

  • miedo a no estar a la altura,
  • miedo a decepcionarme,
  • miedo a quedar atrapado,
  • miedo a dejar de ser libre,
  • miedo a que una sola elección defina todo lo que soy.

Y también ese pensamiento cruel de que el tiempo es poco, que la vida es corta, que debería estar más avanzado, que debería haber empezado antes. Cuando en realidad... si hubiera empezado hace años, hoy ya habría terminado tantas cosas. Pero no lo hice. No por pereza. Sino por temor.

Aun así, aquí sigo. Reflexionando. Volviendo a mis locuras de siempre: un Linux minimalista, un teclado Dvorak integrado desde el núcleo, un sistema numérico docenal coherente, símbolos nuevos que no le deban nada a la historia... Esas ideas me mueven. Me emocionan. Me asustan. Me hablan de quién soy: alguien que quiere construir su propio mundo o, al menos, mi propia esquinita, que sea eso, mia, hecha a mi medida, bajo mi control.

Pero también soy alguien cansado de huir.

Y en estos días he llegado a una conclusión derivada de un pensamiento recurrente, quizas suene nihilista, pero me ha dado más libertad que cualquier optimización:

Nada importa.

Y no en el sentido depresivo; si no en un sentido liberador.

Las cosas pasan. Las cosas cambian. Las metas enormes, los compromisos eternos, las versiones idealizadas de quién debería ser... todo eso es vanidad. Vapor. Una sombra larga que no significa nada si la ves de cerca.

Y si nada es tan grande, entonces el fracaso tampoco lo es.

Fracasar no es una sentencia. No es un juicio. No es una traición personal. Es simplemente una parte del proceso. Es materia prima. Es un paso más. Es una forma de aprender qué sí y qué no. Es, incluso, un acto creativo.

Dejar de temerle al fracaso es dejar de temerle a vivir.

Hay mas valor en un proyecto abandonado, que en un proyecto jamas comenzado.

Así que todo se resume en arriesgarme a crear aunque no sepa si terminaré. De empezar aunque una parte de mí quiera salir corriendo.

Si todo es pasajero, entonces soy libre.

Libre para intentar. Libre para fallar. Libre para reinventarme.

Libre, incluso, para ser un desastre hermoso en mitad del proceso.

Y esa libertad, al final, es la optimización más valiosa que puedo hacer.