Empatia Literaria
Es increíble cómo la lectura abre paso a tantas emociones: logra hacerme saltar el corazón y me brinda alegría, sorpresa o enojo. Todavía no puedo olvidar los acontecimientos del último libro que leí; son emociones tan fuertes que las siento como propias, como si me ocurrieran a mí. Entre las últimas páginas recorrí una traición y, aunque seguí avanzando, el dolor persiste; sigo sintiendo ese agravio en carne propia.
Supongo que esto sucede porque me sumerjo en la lectura asumiendo el papel del protagonista. Vivo su historia en primera persona, a diferencia de las series o películas que, aunque también me conmueven hasta el llanto, no llegan a producir sensaciones tan personales.
Aprovecho para dejar por escrito un sentimiento que ha calado hondo en mí recientemente a través de medios audiovisuales (un poco off-topic, pero a la vez relacionado): el orgullo por los avances de la humanidad. Ver el progreso del hombre mientras estudio historia, o presenciar a una persona superar dificultades para lograr un avance, ya sea personal o colectivo, me desborda. Es una sensación difícil de expresar que termina saturando mi sistema hasta el llanto. Disfruto mucho ese sentimiento; quizás es una proyección de mis propios deseos de salir adelante con mis proyectos o de lograr un aporte que cambie el mundo. Sea como sea, me deja enérgico y motivado.
Volviendo a los libros, ahora que esfuerzo por retomar el hábito, recuerdo lo que me hace sentir la lectura. Me alarma pensar cómo, siendo sensaciones tan potentes y positivas, permito que la procrastinación y la dopamina barata me arrastren. No quiero ser como esa rata de laboratorio que pulsa el botón conectado a su cerebro hasta morir.
Retomar el control de mi mente es un esfuerzo que vale la pena; es una quest, una aventura. Me hace feliz contar con las herramientas para lograrlo, no solo los recursos físicos, sino la fuerza vital necesaria para ponerme manos a la obra. Aunque no estoy en mi mejor estado de ánimo, lo estoy intentando, y eso me llena de orgullo.