Ozkar
← Blog

El Querer: la paradoja del deseo humano

En promedio, todos los mamíferos tienen mil millones de latidos a lo largo de su vida. Sin embargo, los seres humanos, gracias a los avances científicos y a la medicina, hemos extendido artificialmente esa medida a tres mil millones. Nos hemos ganado un tiempo de vida que va en contra de la naturaleza misma.

Ese logro, innegablemente bello, me hace pensar en el transhumanismo. Me hace pensar en cómo nos obsesionamos con estar vivos, con vivir más, vivir mejor, hacer menos y disfrutar más. Pero, ¿qué nos lleva a eso? ¿Cuál es la fuerza subyacente en el espíritu humano que nos empuja a hacer hasta lo imposible para sobrevivir en las condiciones más adversas?

El instinto primitivo en un mundo artificial

Cuando me pongo a analizar la desigualdad, la riqueza y a la gente que acumula sin parar, me doy cuenta de que casi todo deriva de un afán profundo por asegurar la vida. Acumulamos recursos no solo para vivir más, sino para estar seguros más tiempo. A fin de cuentas, no dejamos de ser animales; ese comportamiento viene del mismo instinto primitivo que nos hace guardar semillas para el duro invierno.

El problema es que hoy nuestro cerebro animal choca contra una realidad artificial. Vivimos en un entorno donde tenemos un acceso a recursos, nutrientes y procesos metabólicos que jamás existirían en la naturaleza. Nuestro cerebro no está preparado para enfrentar la dopamina instantánea de las redes sociales o del internet. Y aún así, logramos adaptarnos. Hay una voluntad de romper esquemas que me resulta profundamente llamativa.

La ambición como motor de la humanidad

Lo que nos hace diferentes a los animales es precisamente la magnitud de nuestra ambición. Un animal, guiado por el instinto, querrá más comida si se le ofrece. Pero el ser humano no se detiene ahí. Nosotros nos inventamos la guerra y la esclavitud con tal de tener más.

Y esta ambición no se limita al dinero o al poder. Es también querer más experiencias, más viajes, emociones más fuertes y extremas. Es querer leer más, acumular conocimiento, entender mejor el mundo y ayudar a otros. Ese "querer más" es lo que define la experiencia humana.

Siempre he pensado que la libertad de poder elegir es lo que nos separa de los animales. Pero, ¿realmente somos libres? A menudo decimos serlo, pero en el fondo somos presa de nuestro propio deseo, un deseo insaciable que es explotado a la perfección por la publicidad, los medios y un sistema diseñado exclusivamente para producir más.

Dark Souls 2 y el Trono del Querer

Esta reflexión hace que inevitablemente resuene en mi mente uno de mis videojuegos favoritos, y probablemente el más filosófico de su saga: Dark Souls 2.

En este universo, los humanos sufren una maldición que los hace ir perdiendo lentamente su humanidad. Solamente las almas más fuertes, aquellas que no olvidan quiénes son y que se aferran a su deseo de ser (de existir como una conciencia individual), son las que logran oponerse a la maldición y sobrevivir.

Al final del juego, te enfrentas a Nashandra en un lugar muy particular: el Trono del Querer. A fin de cuentas, las decisiones que tomas en el juego pueden no importar en el gran esquema del universo, pero el acto mismo de tomar la decisión, el acto de querer, lo es todo. Es ese asfixiante y angustioso deseo lo que verdaderamente nos mueve.

Si es el deseo lo que nos mantiene vivos, ¿qué pasa cuando este mecanismo se atrofia? Cuando no encontramos un "para qué" vivir y el deseo desaparece, surge la depresión, la angustia existencial y el anhelo de dejar de sufrir.

La rebelión de la creatividad

En mi vida personal, me he esforzado por ir en contra de esa ambición desmedida y asfixiante. He buscado la estabilidad, el equilibrio y un estado de conformismo pacífico donde siento que nada tengo, pero nada necesito.

Y sin embargo, incluso en ese equilibrio, surge un deseo creativo innegable: una fuerza explosiva de querer hacer, de tener proyectos y construir cosas. Es la fascinación de inventarme problemas solo para poder solucionarlos; de pasar horas construyendo una solución o un sistema que tal vez nunca voy a usar, simplemente porque lo divertido era el proceso.

Ese acto creativo satisface el instinto primario de hacer. Ya no se trata de garantizar la supervivencia física, sino de mantener vivo el motor interno.

¿Y entonces para qué vivimos?

¿qué es la vida? ¿Quién soy y para qué estoy aquí? ¿Vivo para desear más, o vivo gracias a la capacidad de desear?

Quizás la angustia existencial nazca cuando intentamos darle una respuesta definitiva a un concepto que no la tiene. No hay una única respuesta a qué es la vida, pero si algo entrelaza toda esta trama, es que somos criaturas impulsadas por el proceso continuo de anhelar.

La vida no se trata de llenar un vacío infinito acumulando riquezas o cediendo ante un sistema que explota nuestra atención. Se trata, más bien, de reclamar nuestro propio Trono del Querer. Enlazar la llama o dejarla extinguir, al final, no importa; es el camino recorrido lo que tiene sentido. Se trata de canalizar ese impulso vital hacia lo que nos hace sentir vivos, como el simple y profundo placer de construir algo desde cero: no por el resultado, sino disfrutando del proceso porque sí, simplemente porque es, validando así, latido a latido, nuestra maravillosa y compleja humanidad.