Ozkar
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El mito y nuestra historia

Algo que me encanta de las tradiciones indígenas y de los mitos originarios de los distintos pueblos es la forma en que representan los dramas, dilemas y dolores de la vida cotidiana. Todo eso está ahí, reflejado en sus historias, en sus relatos fundacionales, en su manera de explicar el mundo.

Hoy estoy en La Corota, en la isla de la Laguna de la Cocha, en Nariño. Aquí, una historia que podría parecer simple —una traición, un amor prohibido, una familia destrozada por un amorío— se convierte en el mito originario de la laguna. Y eso, precisamente eso, me parece profundamente poderoso.

Aparecen elementos fantásticos: la totuma que se derrama y de la cual no deja de salir agua, hasta formar la laguna; o la misma totuma que, al volcarse, da origen a la isla. Pero lo más interesante no es el objeto mágico en sí, sino todo lo que simboliza. En esos elementos se reflejan sentimientos muy humanos: el dolor, el miedo, la culpa.

Está el tábano, el insecto que pica al amante y provoca el vertimiento de la totuma. Está el padre que, a pesar de haber sido abandonado, presencia la tragedia. Están los siete pueblos que se inundan como consecuencia de la traición de la princesa. Y está el cacique que, consumido por la pena y el dolor, termina convertido en piedra.

Todo esto me fascina. Me maravilla.

Y entonces me pregunto por qué nos hemos olvidado de soñar de esta manera. ¿Por qué hemos dejado de contarnos historias llenas de fantasía? Historias donde podamos ver reflejada nuestra cotidianidad, nuestros sentimientos, nuestras emociones. Historias que expliquen no solo el origen de los lugares que habitamos, sino también nuestra historia familiar, nuestra historia personal.

Quizás sea momento de replantearme mi propia vida desde un ojo más fantasioso. De mirarla desde un punto de vista literario. De volver a soñar como un niño, volver a imaginar, y contarme a mí mismo mi propia historia bajo un lente quizá inocente, quizá infantil, pero profundamente humano: el lente del mito.