Ballenas, humanidad y el peso incómodo de existir
Como en el antiguo y cuestionado oficio del ballenero, nos lanzamos a la cacería de ballenas. Las perseguimos, las acosamos, solo que en lugar de un arpón llevamos una cámara en la mano. El olor a diesel quemado, la contaminación del agua... me golpeó de una manera que no esperaba. Me dejó preguntándome, como humanidad: ¿qué estamos haciendo?
La reflexión me resultó desalentadora porque, en el fondo, siento que no hay mucho por hacer. Es simplemente la observación de un hecho sobre el cual no tenemos salida clara. Sí, podríamos hablar de una revolución verde, de alimentarnos de insectos, de volvernos vegetarianos… pero cuando lo pienso con honestidad, ninguna de esas vías termina de ser suficiente. No provocan en mí ese punto de quiebre que me haga comprometerme por completo.
La verdad es que somos así: una especie que llegó al planeta para dominarlo. Nos extendemos, lo cultivamos, lo transformamos. Incluso cuando intentamos ser “sostenibles” o “correctos”, generamos daños colaterales. Vivir solo de plantas tampoco es una solución perfecta. Hay demasiados factores involucrados. A veces pienso que somos una enfermedad que carcome el planeta, y que nuestra inteligencia —esa virtud que nos distingue— es también nuestra condena. Seguiremos adelante hasta que ya no podamos más... o hasta que inventemos algo nuevo para parchar el desastre.
Esta situación también me hizo repensar la relación que tenemos con los animales. Vuelvo al tema de la caza y me pregunto qué tan buena o mala es realmente, más allá de mis propios códigos morales. En teoría, formar parte del ciclo natural implicaría cazar. Pero nuestro caso es distinto. Lo llevamos al extremo. Pusimos a las ballenas al borde del peligro. Y no solo a ellas: especies enteras han sido destruidas por la intervención humana y la caza indiscriminada.
Ahí pensé: quizá no deberíamos cazar, sino criar a los animales que consumimos. Que cada vida destinada al alimento haya sido concebida con ese propósito. Pero esa idea también me incomoda. Suena cruel. Es tomar el control total de una existencia solo para nuestro beneficio. Sin embargo, cuando lo comparo con la caza salvaje o con la explotación indiscriminada, me parece una forma menos terrible. Quizás porque asumimos que esos animales no tienen conciencia tal como la entendemos, y eso hace más fácil cargar con la culpa.
Esto me llevó también a pensar en las mascotas y en cualquier animal en cautiverio. Por más cariño o buena vida que les demos, siguen siendo seres confinados. Es como un síndrome de Estocolmo extraño en el que se acostumbran a su captor. Y lo peor es que muchas especies ya no podrían sobrevivir sin nosotros. Las gallinas, por ejemplo... tanta selección artificial que ya no podrían vivir en la naturaleza. Muchos perros también. Incluso algunos gatos tendrían dificultades para valerse por sí mismos.
Y al final pienso que tal vez nosotros tampoco podríamos sobrevivir sin nuestra propia “jaula civilizatoria”. Ese lugar extraño donde nos creemos superiores pero dependemos de todo lo que hemos creado.
Ese papel que ocupamos dentro del ecosistema me entristece. Me encanta la tecnología y me maravilla ver cómo adaptamos todo a nuestras necesidades, pero al mismo tiempo me duele reconocer que esa adaptación se sostiene en un egoísmo profundo. Usamos la naturaleza. Usamos a los demás seres vivos. Los moldeamos para nuestro gusto y nuestro placer.
Y en días como este, frente a una ballena acosada por decenas de cámaras, me pregunto si algún día aprenderemos a existir sin destruir.